PredeRelato 10. GRAN TRAIL DE PEÑALARA (28 29 de junio de 2013)
No sé muy bien cuando y por qué decidimos apuntarnos al Gran Trail de Peñalara. Supongo que sería en alguna reunión familiar. Participar otra vez en la trailwalker nos parecía muy complicado y esto, aunque sabíamos que era mucho más duro, estaba cerca de casa.
El caso es que al poco de abrirse el plazo de inscripción ya estábamos apuntados a la prueba de 80 kilómetros Pablo Pérez, Pablo López, Juanjo López y Miguel Ángel López.
Durante cuatro o cinco meses realizamos unos entrenamientos evidentemente muy escasos para este tipo de pruebas, pero que al menos nos sirvieron para subir varias veces a la sierra, vernos de vez en cuando, compartir entrenamientos con otros amigos y disfrutar de este invierno tan duro y de esta primavera tan extraña, en la que hemos pisado más nieve que la que pisamos en algunos inviernos. Solo por estas jornadas de montaña, que si no hubiera sido por el GTP quizá no hubiéramos disfrutado, merece la pena la experiencia.
Fueron los días previos a la prueba cuando más conscientes fuimos de lo escaso de nuestro entrenamiento, pero había que intentarlo y además disfrutarlo en la medida de lo posible.
El viernes 28 salimos de casa los dos Pablos y yo a las 6 de la tarde, recogimos a Juanjo en Atocha a las 6 y media y a las siete y media ya estábamos en el pueblo de Navacerrada.
Tras los preparativoa habituales, cenamos en un bar de la plaza un par de huevos con patatas y a las diez y media estábamos pasando el control de material. Una vez pasado este control, se entraba en el corralito de salida y ya no había marcha atrás. Inteminables y emocionantes minutos de espera y a las 11 de la noche en punto se dio el pistoletazo de salida.
Nada más darse la salida los Pablos salen corriendo y Juanjo y yo decidimos, tal y como teníamos pensado, ir andando, aunque corrimos un poco por las calles del pueblo. En unos minutos tomamos a paso ligero el camino que nos conduce a La Barranca. No corremos por lo que nos adelanta algunos participantes que sí lo hacen, pero llevamos un paso que nos permite adelantar a otros que también van andando.
Al cruzar el puente del embalse de La Barranca el camino se estrecha de forma que ya es muy difícil adelantar (tampoco era nuestra intención). Recorremos a muy buen paso, aunque sin correr, el tramo que nos lleva hasta la fuente de la Campanilla y a partir de ahí la ascensión se endurece considerablemente. Se reducen (se anulan) las conversaciones de los participantes y subimos a muy buen paso.
Solo por este rato merecería la pena esta aventura. Noche cerrada, aunque con una buena luna en cuarto menguante, una hilera de pequeñas luces (las de los frontales) tanto por delante como por detrás, un esfuerzo considerable, aunque todavía muy llevadero, la compañía de muchos desconocidos con el mismo objetivo, el apoyo de los voluntarios.....
Cuando nos queremos dar cuenta estamos en el collado del Piornal y unos minutos después en la cima de la Maliciosa donde se encuentra el primer control. Barrita, trago de agua y comenzamos el descenso hacia la pedriza. El descenso es bastante técnico y hay que ir con mucha atención. Se agradecen los bastones. Seguimos en fila india y seguimos viendo delante de nosotros (ahora mejor porque están mas bajos) los frontales de los que nos preceden.
Vuelve a merecer la pena todo esto por este otro rato. Bajar rápido por este camino, de noche, se parece más a esquiar que a andar. es un ejercicio divertido, agradable y exigente. Poco a poco se va suavizando la pendiente, incluso tenemos que salvar algún repecho y entramos en la pedriza. Aquí nos encontramos con un interminable, pero muy bonito camino que nos termina llevando al kilómetro 18, donde está el primer corte horario, Canto Cochino. Rellenamos los bidones, tomamos unos frutos secos, descansamos cinco minutillos y emprendemos el camino. Vamos bien de tiempo y muy bien de ánimos y de fuerza.
Ahora tenemos que subir al collado de las Dehesillas por un sendero típico de la Pedriza. Es una subida bastante menos exigente que la Maliciosa, pero que al final se hace larga. Después nos enteramos que Pablo Pérez se había tenido que retirar con un esguince en el tobillo antes de llegar a canto Cochino y que Pablo López, que había empezado muy fuerte, se tuvo que parar un rato en lo alto del collado con problemas estomacales.
Nosotros íbamos bien pero a mí ya me estaba molestando más de la cuenta la rodilla que ya me había dado algún aviso en el descenso de Maliciosa. El descenso del collado hasta la Hoya de san Blas se me hizo muy duro, por lo irregular del terreno y la vegetación tan exhuberante, pero sobre todo porque la rodilla me dolía cada vez más. No le dije nada a Juanjo para no alarmarle, pero le tuve que gritar varias veces para que me esperara porque me dejaba atrás.
Pero fue en el punto donde bruscamente se acaba la bajada y se incia una ligera subida hacia la Hoya cuando me convencí de que no podía andar. En las zonas llanas (ojalá hubiera alguna) no me dolía casi, bajando me dolía bastante, pero subir no podía, iba literalmente cojo y con un pinchazo muy preocupante. Cuando Juanjo se dio cuenta me dijo que me diera la vuelta en busca del coche de forestales que habíamos visto antes, pero aunque yo ya estaba seguro de que no tenía ninguna posibilidad de terminar, la verdad, irme en busca de un coche de apoyo, todavía de noche, sin haber llegado al kilómetro 30, me parecía un poco patético, por lo que le dije que iba a intentar llegar a la Hoya de san Blas y que allí veríamos.
Llegamos a la Hoya ya muy justos de tiempo y allí estaba el bueno de Pablito esperando a su padre ya su tío para recibir instrucciones, pero con pocas ganas de intentar terminar. Me seguía pereciendo patético, pero allí sí decidí retirarme (además les daba a los otros dos la posibilidad de pensárselo mejor e intentarlo), pero en ese control o estás en las últimas (que no era el caso) o te las tiene que arreglar tú solo (me parece bien, es una prueba de semiautosuficiencia). Total, que a subir a la pata coja 12 kilómetros hasta la Morcuera.
La subida se me hizo interminable. En los falsos llanos, que hay bastantes, podía andar sin problemas, pero en las subidas iba fatal. Juanjo y Pablo se adelantaron y allí al menos vi amanecer yi pude, a pesar de todo, disfrutar de las excelentes vistas de esta pista.
A un kilómetro y pico el puerto de la Morcuera, ya sin posibilidad (ni intención, tenía claro que ahí me retiraba sí o sí) de llegar en hora, me estaba esperando Pablo. más fresco que una rosa. Con sus típico comentarios de ánimo: "lopezcela si tu ya tiene que venir como venía tu padre, de equipo de apoyo" "vamos Miguelangel que te pilla el corredor escoba, que vergüenza"..etc. llegamos al puerto, kilómetro 40, donde entregamos los dorsales y cogimos el autobús de los retirados que nos llevó al pueblo de Navacerrada.
Aunque a los que solo les interesa terminar o mejorar su tiempo esto les pueda parecer absurdo, a mí llegar a la Morcuera (con subida cojeando desde donde estaba el autobús hasta el control, para dejar el dorsal, para que luego no nos hayan sacado en la lista de los retidados, que esa es otra), me pareció una derrota mucho mas honrosa que lo de dejarlo antes de llegar a la Hoya de San Blas.
Al menos habíamos cumplido algunas de las expecativas: Pasar la noche en la montaña y ver amanecer. Además recorrimos 40 kilómetros y salvamos 2.300 metros de desnivel positivo.
Es posible que sin lo del tobillo tampoco hubiéramos terminado (todavía quedaban otros 40 kilómetros, no íbamos muy sobrados de tiempo y pronto empezaría a hacer calor) , pero en este tipo de pruebas, donde la cabeza importa más que las piernas, nunca se sabe.
El sábado, sentado en una terraza del pueblo de Navacerrada, cansado, con sueño y con dolor en la rodilla pensé en colgar las zapatillas. El domingo, en casa, decansado y después de dormir 10 horas, estuve mirando en internet qué triatlón correr a finales de verano y pensé que el año próximo volveremos a intentarlo, aunque sea la de 60 kilómetros.
PredeRelato 9. TRAILWALKER 2012 (5 y 6 de mayo de 2012)
A las 11 en punto del sábado 5 de mayo se da la salida en una explanada de Olot bajo un sol abrasador y con bastante calor.
Recorremos los primeros kilómetros por esta primera parte de la vía verde, bonita pero con poca sombra, a paso tranquilo, charlando y con buen ánimo.
Pasamos por el primer control, la Vall d'en Bas, km. 7,8 prácticamente sin detenernos. Simplemente un par de fotos y un poco de agua en el control de avituallamiento.
Seguimos más o menos al mismo paso, el previsto por Miguel Ángel para terminar en 24 horas, hasta el segundo puesto de control, Sant Feliú de Pallerols, kilómetro 17,6.
Aquí nos están esperando Eva y Elsa con unos estupendos bocatas y unas cervezas para los lopezcela ynas cocacolas para los Pablos. Nos sentamos tranquilamente a comer, y después de descansar unos minutos nuevamente a andar.
Llegamos a la hora prevista, hacia las 5 de la tarde, al tercer control, Amer, kilómetro 30,8. Nos volvemos a encontrar con Eva y Elsa. Comemos y bebemos y empezamos a vigilar el estado de nuestros pies. De momento no han aparecido ampollas de consideración.
Proseguimos por una zona muy bonita y con una temperatura perfecta para andar hasta el siguiente control: Anglés, kilómetro 38,2. Seguimos cumpliendo el horario previsto, llegamos hacia las 7 de la tarde. Comemos, bebemos, descansamos una media hora y nos preparamos para afrontar una de las etapas clave de la prueba, los 18 kilómetros que nos separan de Girona, donde tenemos pensado hacer un descanso un poco más largo de los que hemos hecho hasta ahora.
Salimos de Anglés por un camino paralelo a la carretera y disfrutamos del atardecer. Ya hemos recorrido una distancia superior a la de una maratón, pero la ilusión por llegar a Girona y comernos el plato de pasta prometido por la organización nos da ánimos.
Llegamos al polideportivo de Girona un poco más tarde de lo previsto (a las 22:54). Ya es noche cerrada, las temperaturas han bajado sensiblemente y estamos bastante cansados. Pasamos uno de los peores momentos de la prueba: estamos en mitad de ningún sitio, ya que llevamos 56 kilómetros recorridos pero todavía nos quedan 44 (otra maratón y dos kilómetros de propina), el esperado plato de pasta (soñábamos con un puchero tipo mili repleto de sabrosos espaguetis) es un sobre de arroz liofilizado, estamos destemplados y en el polideportivo hace frío..., pero no lo dudamos ni un instante: tenemos que continuar.
A las 00:30 del domingo salimos del polideportivo, recorremos las calles de Girona y nos adentramos en la vía verde para recorrer los quince kilómetros y medio que nos separan del siguiente punto de control. Noche cerrada, pero bien iluminada por una preciosa luna llena que casi hace innecesarios los frontales. Llevamos un ritmo tranquilo, pero constante. No hacemos paradas, las conversación se ha reducido sensiblemente y los kilómetros van cayendo lentamente.
A las 03:45 llegamos a Cassá de la Selva, kilómetro 71,4, donde hay varios equipos durmiendo. Los miramos con envidia, nos tomamos un caldo y unos frutos secos y nos sentamos en unas sillas donde intentamos echar una cabezada. Una hora y media después, 5 y 10, emprendemos de nuevo la marcha, todavía de noche, pero a punto de comenzar a amanecer.
Acometemos un bonito tramo de la vía que nuestro embrutecimiento no nos permite disfrutar del todo. Cuando está amaneciendo (preciosa sensación la de estar andando mientras anochece y unas horas después seguir andando mientras amanece) vemos una enorme polvareda a lo lejos, a nuestra izquierda. Es un jabalí que se dirige hacia nosotros como una flecha. El embrutecimiento al que me refería antes nos hace referir una serie de solucione absurdas para eludirle en caso de que llegue hasta nosotros, que van desde torearle con una chaqueta hasta clavarle los bastones.
Amanece completamente, la temperatura sigue fría y nosotros seguimos consumiendo kilómetros con dificultad. A las 7 y cuarto llegamos a Llagostera, kilómetro 81, y Juanjo y Miguel se quedan profundamente dormidos en unas sillas, mientras Pablo D. tumbado en el suelo intenta relajar las piernas, tal y como Pablo L (el más fresco en estos momentos) inmortaliza en una foto que hace correr por facebook.
A las 8 y cuarto salimos en busca de los últimos 19 kilómetros. Estamos cansados pero ahora sabemos que ya sólo es cuestión de tiempo: Vamos a llegar, aunque posiblemente vamos a tardar algo más de las 24 horas previstas.
En el control de Santa Cristina d'Aro, kilómetro 91,100, nos detenemos cinco minutos escasos y nos disponemos a atacar los últimos 9.900 metros. Estamos cada vez más cansados pero también cada vez más animados. Cuando estamos a 4 ó 5 kilómetros de la meta dan las 11 de la mañana (24 horas desde la salida, tiempo previsto por el predetiempolibre team). Al rato entramos en la población de San Feliú y empezamos a encontrar voluntarios de la organización diciendo que ya hemos llegado. Hasta que llegamos a la playa, donde está instalada la meta, recorremos los dos kilómetros más largos de nuestra vida, pero a las doce y diez enfilamos la última recta entre los gritos de ánimo de todos los que allí están y a las 12:14 (nos marcaron un tiempop de 25:14:01, puesto 105 de los 265 equipos que finalizaron) entramos sonrientes en la meta.
Medalla, foto de rigor con Elsa y Eva en el podio y a pensar en el accidentado viaje de vuelta que nos espera.
PredeRelato 8. TRIATLÓN DE VALENCIA (5 de septiembre de 2.010).
A las 11 en punto del sábado 5 de mayo se da la salida en una explanada de Olot bajo un sol abrasador y con bastante calor.
Recorremos los primeros kilómetros por esta primera parte de la vía verde, bonita pero con poca sombra, a paso tranquilo, charlando y con buen ánimo.
Pasamos por el primer control, la Vall d'en Bas, km. 7,8 prácticamente sin detenernos. Simplemente un par de fotos y un poco de agua en el control de avituallamiento.
Seguimos más o menos al mismo paso, el previsto por Miguel Ángel para terminar en 24 horas, hasta el segundo puesto de control, Sant Feliú de Pallerols, kilómetro 17,6.
Aquí nos están esperando Eva y Elsa con unos estupendos bocatas y unas cervezas para los lopezcela ynas cocacolas para los Pablos. Nos sentamos tranquilamente a comer, y después de descansar unos minutos nuevamente a andar.
Llegamos a la hora prevista, hacia las 5 de la tarde, al tercer control, Amer, kilómetro 30,8. Nos volvemos a encontrar con Eva y Elsa. Comemos y bebemos y empezamos a vigilar el estado de nuestros pies. De momento no han aparecido ampollas de consideración.
Proseguimos por una zona muy bonita y con una temperatura perfecta para andar hasta el siguiente control: Anglés, kilómetro 38,2. Seguimos cumpliendo el horario previsto, llegamos hacia las 7 de la tarde. Comemos, bebemos, descansamos una media hora y nos preparamos para afrontar una de las etapas clave de la prueba, los 18 kilómetros que nos separan de Girona, donde tenemos pensado hacer un descanso un poco más largo de los que hemos hecho hasta ahora.
Salimos de Anglés por un camino paralelo a la carretera y disfrutamos del atardecer. Ya hemos recorrido una distancia superior a la de una maratón, pero la ilusión por llegar a Girona y comernos el plato de pasta prometido por la organización nos da ánimos.
Llegamos al polideportivo de Girona un poco más tarde de lo previsto (a las 22:54). Ya es noche cerrada, las temperaturas han bajado sensiblemente y estamos bastante cansados. Pasamos uno de los peores momentos de la prueba: estamos en mitad de ningún sitio, ya que llevamos 56 kilómetros recorridos pero todavía nos quedan 44 (otra maratón y dos kilómetros de propina), el esperado plato de pasta (soñábamos con un puchero tipo mili repleto de sabrosos espaguetis) es un sobre de arroz liofilizado, estamos destemplados y en el polideportivo hace frío..., pero no lo dudamos ni un instante: tenemos que continuar.
A las 00:30 del domingo salimos del polideportivo, recorremos las calles de Girona y nos adentramos en la vía verde para recorrer los quince kilómetros y medio que nos separan del siguiente punto de control. Noche cerrada, pero bien iluminada por una preciosa luna llena que casi hace innecesarios los frontales. Llevamos un ritmo tranquilo, pero constante. No hacemos paradas, las conversación se ha reducido sensiblemente y los kilómetros van cayendo lentamente.
A las 03:45 llegamos a Cassá de la Selva, kilómetro 71,4, donde hay varios equipos durmiendo. Los miramos con envidia, nos tomamos un caldo y unos frutos secos y nos sentamos en unas sillas donde intentamos echar una cabezada. Una hora y media después, 5 y 10, emprendemos de nuevo la marcha, todavía de noche, pero a punto de comenzar a amanecer.
Acometemos un bonito tramo de la vía que nuestro embrutecimiento no nos permite disfrutar del todo. Cuando está amaneciendo (preciosa sensación la de estar andando mientras anochece y unas horas después seguir andando mientras amanece) vemos una enorme polvareda a lo lejos, a nuestra izquierda. Es un jabalí que se dirige hacia nosotros como una flecha. El embrutecimiento al que me refería antes nos hace referir una serie de solucione absurdas para eludirle en caso de que llegue hasta nosotros, que van desde torearle con una chaqueta hasta clavarle los bastones.
Amanece completamente, la temperatura sigue fría y nosotros seguimos consumiendo kilómetros con dificultad. A las 7 y cuarto llegamos a Llagostera, kilómetro 81, y Juanjo y Miguel se quedan profundamente dormidos en unas sillas, mientras Pablo D. tumbado en el suelo intenta relajar las piernas, tal y como Pablo L (el más fresco en estos momentos) inmortaliza en una foto que hace correr por facebook.
A las 8 y cuarto salimos en busca de los últimos 19 kilómetros. Estamos cansados pero ahora sabemos que ya sólo es cuestión de tiempo: Vamos a llegar, aunque posiblemente vamos a tardar algo más de las 24 horas previstas.
En el control de Santa Cristina d'Aro, kilómetro 91,100, nos detenemos cinco minutos escasos y nos disponemos a atacar los últimos 9.900 metros. Estamos cada vez más cansados pero también cada vez más animados. Cuando estamos a 4 ó 5 kilómetros de la meta dan las 11 de la mañana (24 horas desde la salida, tiempo previsto por el predetiempolibre team). Al rato entramos en la población de San Feliú y empezamos a encontrar voluntarios de la organización diciendo que ya hemos llegado. Hasta que llegamos a la playa, donde está instalada la meta, recorremos los dos kilómetros más largos de nuestra vida, pero a las doce y diez enfilamos la última recta entre los gritos de ánimo de todos los que allí están y a las 12:14 (nos marcaron un tiempop de 25:14:01, puesto 105 de los 265 equipos que finalizaron) entramos sonrientes en la meta.
Medalla, foto de rigor con Elsa y Eva en el podio y a pensar en el accidentado viaje de vuelta que nos espera.
Domingo, 5 de septiembre de 2.010. Seis de la mañana. Suena el despertador. Ha llegado el momento. Dentro de un par de horas me enfrento a mi primer triatlón olímpico (1.500 metros de natación en el puerto de la Copa América, 40 kilómetros en bici en 4 vueltas por el circuito de Fórmula 1 y la Ciudad de las Artes y las Ciencias y, lo que da más miedo, 10 kilómetros de carrera a pie repartidos en otras cuatro vueltas a un circuito que discurre por el muelle del puerto olímpico y lleva hasta la casa del reloj).
Me levanto, le digo a Pablo que es la hora, doy el último vistazo a la mochila que dejé anoche preparada no sea cosa que me olvide de algo importante, me visto y me bajo a desayunar. La bici la habíamos dejado ya en boxes la tarde anterior.
Allí están, en la vacía cafetería del hotel , Davis y Juanjo comentando lo mal que han dormido, lo poco que les apetece desayunar, lo largo que se nos va a hacer, el frío que hace, lo oscuro que está, en fin, lo típico de estas ocasiones.
Desayunamos y a las siete menos cinco salimos del hotel. Vamos andando porque los boxes están a cinco minutos. Si ayer el entorno y la organización me parecieron magníficos hoy no encuentro con facilidad palabras para expresarlo.
NATACIÓN
750 metros en línea recta de ida y otros tantos de vuelta.
Hago el trayecto de ida muy cómodo, no se me han empañado las gafas y como tenemos el sol a la espalda he visto en todo momento por donde había que ir y por donde iban los que me precedían.
En el giro ese estupendo y precioso sol que llevábamos detrás a la ida lo tenemos ahora de frente y no se ve absolutamente nada. En cualquier caso sigo muy tranquilo y a mi ritmo y cuando me quiero dar cuenta estoy
al final de este segmento.
Me entretengo un poco bajo las duchas que ha instalado la organización a la salida del agua y recorro bastante tranquilo los pocos metros que hay hasta mi bici.
Cuando llego a mi box veo muchas bicis por los alrededores incluida la de Juanjo. Buena señal, esto indica que no he hecho mal tiempo. Luego veré que hice 33 minutos 43 segundos, algo menos de lo previsto.
BICICLETA
Me subo a la bici, empiezo a pedalear y confirmo la sensación de la salida del agua: no estoy nada cansado y me sigo encontrando muy cómodo.
En los primeros metros voy solo y enseguida me empieza a pasar algún corredor suelto. Cuando llevo recorridos un par de kilómetros oigo el inconfundible ffsss ffssss del grupo de cabeza que me adelanta a la salida de una curva delicada, por lo que doy gracias de que no haya habido ningún percance.
A mitad de la segunda vuelta me pongo a rueda de un corredor que lleva un ritmo que me gusta, le doy algún relevo y al rato se ha formado un grupillo de 6 ó 7 que ya se mantiene hasta el final del segmento ciclista. Voy muy cómodo en este grupo y con la sensación de que podría ir más rápido, pero el respeto a los 10 kilómetros de carrera me hace ser conservador. Bebo todas las veces que me apetece, pero no soy capaz de sacar la barrita energética o la magdalena que metí anoche en un bidón, por lo que desisto de comer. Espero que no me dé una pájara corriendo, porque ya no voy a comer hasta la meta, porque si lo hago en la transición o en la carrera seguro que me da flato.
El circuito es precioso: los primeros y los últimos kilómetros discurren por el circuito de fórmula 1 y el resto por la ciudad de las artes y las ciencias. Es totalmente llano; sólo hay dos repechos que suben a sendos puentes.
He calculado que estamos haciendo cada vuelta a poco más de 20 minutos, mucho mejor de lo que pensaba y empiezo a acariciar la idea de terminar en menos de 3 horas, pero me sigue dando mucho miedo la carrera y el objetivo sigue siendo terminar.
Entre unas cosas y otras, terminamos la cuarta vuelta y entramos en boxes. Me lo tomo con calma pero hago una transición mucho más rápida que la primera. Me bebo el poco agua que me quedaba en el bidón, cambio el casco por la gorra y ¡a correr!
CARRERA
Empiezo a correr y vuelvo a tener la misma sensación que cuando comencé con la bici: no me noto cansado y voy cómodo. En cualquier caso, no me fío y no corro tan rápido como creo que podría hacer.
Hay que dar cuatro vueltas a un circuito de 2,5 kilómetros. Lo que en principio parece un poco angustioso , ir y venir 4 veces, es decir, pasar 8 veces por los mismos sitios, al final va a ser bueno porque da muchas referencias, que me vendrán muy bien cuando pinche un poco en la mitad de la tercera vuelta.
Hay un puesto de agua al principio del recorrido. Ya desde la primera vuelta cojo dos botellas. Me echo una entera por la cabeza y bebo todo lo que puedo de la segunda, mojo bien la gorra y me echo por las piernas lo que queda.
Hago la segunda vuelta muy bien también y en mitad de la tercera se me aparece el tío del mazo, como dice Perico. En cualquier caso, no voy mal del todo. Me olvido de las 3 horas, bajo un poco el ritmo y sigo trotando sin pensar en nada que no sea acabar. En ningún momento se me pasa por la cabeza dejar de correr y ponerme a andar, que era otro de mis objetivos.
Por fin me veo en la recta de entrada a meta, disfrutando de los aplausos del público, de la vista de la dársena de la América cup y de la satisfacción de acabar (y bien) mi primer triatlón olímpico.
Después estuvimos viendo la triatlón de la mujer donde la sección femenina del equipo predetiempolibre se salió, con dos podios: Irene, tercera en la categoría de 15 a 19 años con sus 15 añitos, e Irene y Marga, terceras en la categoría de madres e hijas.
En resumen, espléndida experiencia, que espero que se repita en años futuros.
PredeRelato 7. EL PARTIDO DEL SIGLO (Relato fantástico, 4 de mayo de 2.009).
Domingo, 5 de septiembre de 2.010. Seis de la mañana. Suena el despertador. Ha llegado el momento. Dentro de un par de horas me enfrento a mi primer triatlón olímpico (1.500 metros de natación en el puerto de la Copa América, 40 kilómetros en bici en 4 vueltas por el circuito de Fórmula 1 y la Ciudad de las Artes y las Ciencias y, lo que da más miedo, 10 kilómetros de carrera a pie repartidos en otras cuatro vueltas a un circuito que discurre por el muelle del puerto olímpico y lleva hasta la casa del reloj).
Me levanto, le digo a Pablo que es la hora, doy el último vistazo a la mochila que dejé anoche preparada no sea cosa que me olvide de algo importante, me visto y me bajo a desayunar. La bici la habíamos dejado ya en boxes la tarde anterior.
Allí están, en la vacía cafetería del hotel , Davis y Juanjo comentando lo mal que han dormido, lo poco que les apetece desayunar, lo largo que se nos va a hacer, el frío que hace, lo oscuro que está, en fin, lo típico de estas ocasiones.
Desayunamos y a las siete menos cinco salimos del hotel. Vamos andando porque los boxes están a cinco minutos. Si ayer el entorno y la organización me parecieron magníficos hoy no encuentro con facilidad palabras para expresarlo.
NATACIÓN
NATACIÓN
750 metros en línea recta de ida y otros tantos de vuelta.
Hago el trayecto de ida muy cómodo, no se me han empañado las gafas y como tenemos el sol a la espalda he visto en todo momento por donde había que ir y por donde iban los que me precedían.
En el giro ese estupendo y precioso sol que llevábamos detrás a la ida lo tenemos ahora de frente y no se ve absolutamente nada. En cualquier caso sigo muy tranquilo y a mi ritmo y cuando me quiero dar cuenta estoy
al final de este segmento.
Me entretengo un poco bajo las duchas que ha instalado la organización a la salida del agua y recorro bastante tranquilo los pocos metros que hay hasta mi bici.
Cuando llego a mi box veo muchas bicis por los alrededores incluida la de Juanjo. Buena señal, esto indica que no he hecho mal tiempo. Luego veré que hice 33 minutos 43 segundos, algo menos de lo previsto.
BICICLETA
Me subo a la bici, empiezo a pedalear y confirmo la sensación de la salida del agua: no estoy nada cansado y me sigo encontrando muy cómodo.
En los primeros metros voy solo y enseguida me empieza a pasar algún corredor suelto. Cuando llevo recorridos un par de kilómetros oigo el inconfundible ffsss ffssss del grupo de cabeza que me adelanta a la salida de una curva delicada, por lo que doy gracias de que no haya habido ningún percance.
A mitad de la segunda vuelta me pongo a rueda de un corredor que lleva un ritmo que me gusta, le doy algún relevo y al rato se ha formado un grupillo de 6 ó 7 que ya se mantiene hasta el final del segmento ciclista. Voy muy cómodo en este grupo y con la sensación de que podría ir más rápido, pero el respeto a los 10 kilómetros de carrera me hace ser conservador. Bebo todas las veces que me apetece, pero no soy capaz de sacar la barrita energética o la magdalena que metí anoche en un bidón, por lo que desisto de comer. Espero que no me dé una pájara corriendo, porque ya no voy a comer hasta la meta, porque si lo hago en la transición o en la carrera seguro que me da flato.
El circuito es precioso: los primeros y los últimos kilómetros discurren por el circuito de fórmula 1 y el resto por la ciudad de las artes y las ciencias. Es totalmente llano; sólo hay dos repechos que suben a sendos puentes.
He calculado que estamos haciendo cada vuelta a poco más de 20 minutos, mucho mejor de lo que pensaba y empiezo a acariciar la idea de terminar en menos de 3 horas, pero me sigue dando mucho miedo la carrera y el objetivo sigue siendo terminar.
Entre unas cosas y otras, terminamos la cuarta vuelta y entramos en boxes. Me lo tomo con calma pero hago una transición mucho más rápida que la primera. Me bebo el poco agua que me quedaba en el bidón, cambio el casco por la gorra y ¡a correr!
CARRERA
Empiezo a correr y vuelvo a tener la misma sensación que cuando comencé con la bici: no me noto cansado y voy cómodo. En cualquier caso, no me fío y no corro tan rápido como creo que podría hacer.
Hay que dar cuatro vueltas a un circuito de 2,5 kilómetros. Lo que en principio parece un poco angustioso , ir y venir 4 veces, es decir, pasar 8 veces por los mismos sitios, al final va a ser bueno porque da muchas referencias, que me vendrán muy bien cuando pinche un poco en la mitad de la tercera vuelta.
Hay un puesto de agua al principio del recorrido. Ya desde la primera vuelta cojo dos botellas. Me echo una entera por la cabeza y bebo todo lo que puedo de la segunda, mojo bien la gorra y me echo por las piernas lo que queda.
Hago la segunda vuelta muy bien también y en mitad de la tercera se me aparece el tío del mazo, como dice Perico. En cualquier caso, no voy mal del todo. Me olvido de las 3 horas, bajo un poco el ritmo y sigo trotando sin pensar en nada que no sea acabar. En ningún momento se me pasa por la cabeza dejar de correr y ponerme a andar, que era otro de mis objetivos.
Por fin me veo en la recta de entrada a meta, disfrutando de los aplausos del público, de la vista de la dársena de la América cup y de la satisfacción de acabar (y bien) mi primer triatlón olímpico.
Después estuvimos viendo la triatlón de la mujer donde la sección femenina del equipo predetiempolibre se salió, con dos podios: Irene, tercera en la categoría de 15 a 19 años con sus 15 añitos, e Irene y Marga, terceras en la categoría de madres e hijas.
En resumen, espléndida experiencia, que espero que se repita en años futuros.
Aquel domingo de finales de junio amaneció con un sol radiante. Pachi no necesitó el despertador para saltar de la cama a primera hora. Los nervios estaban haciendo de las suyas y llevaba varias horas despierto. Abrió la ventana de su cuarto y vió los rayos de sol hundiéndose en la ría.
- Ha llegado el día D y hace un tiempo espléndido. Ojalá a la hora H siga luciendo el sol, dijo a su mujer mientras desayunaban.
- Venga, venga, no seas tan exagerado, que me recuerdas a tu padre. A este paso también te tendremos que enterrar a ti en el estadio. Le contestó ésta.
¡Cuantos recuerdos se amontonaron en su mente!: los años de juvenil en la escuela de fútbol del club, los viajes de pequeño con el aitá a Madrid, al Bernabéu a ver al equipo peleando en la final de la copa del Generalísimo, los viajes a diferentes paises siguiendo al equipo en sus partidos de copa de Europa; por no hablar de lo que le costó convencer a las fuerzas vivas del club para poder cumplir la última voluntad de su padre: que sus cenizas fueran enterradas en el fondo norte de San Mamés, a escasos cinco metros de la portería.
El club había vivido tiempos mejores, mucho mejores y su palmarés era amplio, con varias ligas, muchas copas del Generalísimo y alguna copa del Rey adornando sus vitrinas e, incluso, magníficas intervenciones en campeonatos europeos.
Pero todos estos títulos no eran el mayor orgullo de Pachi y del resto de la afición rojiblanca. Lo más importante de todo era haber conseguido mantenerse en primera división desde el principio de los tiempos, algo que sólo habían logrado tres equipos en España, el suyo y los dos grandes, pero claro lo de estos dos, con los presupuestos que habían manejado siempre, tenía bastante menos mérito.
Y esa tarde, el equipo de sus amores, el Athletic de Bilbao, se jugaba la permanencia en primera división, nada menos que con el eterno rival, la Real Sociedad de San Sebastián.
Después de comer, cogió la bufanda rojiblanca, la txapela de su padre, un buen puro y, acompañado de sus dos hijos se dirigió al estadio.
A las 5 en punto comenzó el encuentro. Había mucho en juego. El Athletic necesitaba la victoria. La Real Sociedad, además de que un derby es un derby y siempre se quiere ganar, jugaría el año próximo en Europa si empataba. Pachi iba consumiendo el puro sin tiempo para saborearlo.
Se llegó al descanso con el resultado inicial. Por parte del Athletic, lo de toda la temporada: Mucho esfuerzo, poco orden y menos puntería.
- Esto no tiene solución. El año que viene en Segunda. Casi me alegro de que vuestro abuelo no esté en este mundo y se evite este disgusto. Les dijo a sus hijos.
- ¡Joder , papá!, mira que eres bestia, le contestó el mayor.
El segundo tiempo continuó por los mismos derroteros. Para colmo, a los veinte minutos justa expulsión del defensa central rojiblanco. Cinco minutos después a Pachi y al resto del estadio se les paralizó el corazón cuando un disparo de un delantero visitante fue repelido por el larguero.
- Bueno, yo me marcho. Soltó Pachi en el minuto 40.
- Sí, vámonos. Aunque esto durara 2 días no marcábamos. Y encima, la Real a la UEFA . Nosotros en segunda y los guipuchis paseando por Europa. Contestó el hijo mayor.
- El abuelo se hubiera quedado hasta el final y hubiera aplaudido al equipo. Dijo el pequeño.
Cuando el hijo pequeño estaba terminando la frase, el Athletic iniciaba lo que seguro iba a ser el último ataque del partido. Se acercaron a las inmediaciones del área contraria y el delantero centro soltó un zapatazo que, aunque bien dirigido y a media altura, iba a salir varios metros fuera de la portería. De repente, inexplicablemente, contradiciendo las más elementales reglas de la Física y, como si un inexistente o invisible delantero cabeceara el balón, éste modificó su trayectoria y se alojó con potencia en la portería realista.
El árbitro pitó gol y final del partido. Mientras todo el estadio era un clamor: ¡Athletic!, ¡Athletic!, Pachi se abrazó a sus hijos y, con un nudo en la garganta, susurró:
- Gracias, aitá.
- Bueno, yo me marcho. Soltó Pachi en el minuto 40.
- Sí, vámonos. Aunque esto durara 2 días no marcábamos. Y encima, la Real a la UEFA . Nosotros en segunda y los guipuchis paseando por Europa. Contestó el hijo mayor.
- El abuelo se hubiera quedado hasta el final y hubiera aplaudido al equipo. Dijo el pequeño.
PredeRelato 6. DIFERENTES DEPORTES. ESFUERZO Y RECOMPENSA (7 de abril de 2.010).
Esta mañana he visto en el periódico una foto de Miguel Ángel Jiménez (golfista español no tan conocido como Seve Ballesteros o Sergio García, pero muy bueno en lo suyo y vencedor de varios grandes torneos) en el mítico campo de Augusta en plena acción.
Es una foto bonita que inmortaliza el momento en el que Miguel Ángel golpea la bola. Se ve nítidamente la bola por los aires, el palo erguido por encima de la cabeza del golfista y una multitud de gotitas de agua que han sido salpicadas por el impacto del palo en el húmedo y cuidado césped del campo.
Realmente es una foto muy plástica en la que se puede observar alguno de los detalles más característicos de este deporte: impecable polo Lacoste de color naranja chillón, moderna gorra de favorecedora visera, pulsera y estupendo reloj en la muñeca derecha del golfista.
Hasta aquí, todo bien. Más o menos opinable pero correcto y dentro del guión de este deporte. Pero lo que de verdad me ha llamado la atención y ha motivado este escrito es que Miguel Ángel en el momento más importante de su ejercicio (nunca he jugado al golf; mejor dicho: nunca he jugado golf, pero supongo que el momento de pegar a la bola será similar al de golpear el balón en el lanzamiento de un penalti) ¡se está fumando un puro! Y no cualquier puro, un enorme habano.
¿Nos podríamos imaginar a Amstrong o Contador coronando el Tourmalet fumando un puro? ¿A Chema Martínez en el kilómetro 38 de una maratón? ¿Incluso a Leo Messi recorriendo a toda velocidad con el balón pegado a su pie izquierdo más de cincuenta metros del Nou Camp para marcarle un gol al Arsenal? ¿A Pau Gasol colocándole un monumental gorro a Garnett? No, creo que no. A nadie le entra en la cabeza un deportista en plena acción fumándose un buen habano.
Estas son las cosas del golf. Ni siquiera estoy hablando de ganar más o menos dinero. Todos estos ganan tanto que al común de los mortales se nos escapa la diferencia que puede haber entre los ingresos de unos y otros, por grande que esta sea.
Creo que es un reflejo, exagerado y elitista, pero reflejo al fin, de la vida. No sé qué pudo llevar a cada uno de estos grandes deportistas, auténticos monstruos que posiblemente habrían triunfado en cualquier otro deporte, a elegir su profesión, del mismo modo que no tengo muy claro qué nos mueve al resto de los mortales a elegir la nuestra: Talento, capacidad de trabajo, entorno social y familiar, intuición, vocación, suerte,….
Pero lo que sí sé es que en la vida real, para que unos pocos fumen puros mientras trabajan, muchos se tienen que matar a trabajar (cuando tienen la suerte de tener un trabajo) para poder fumarse un puro en la boda de sus hijos.
Y esto, siguiendo con el simil deportivo, los que jugamos la Champion League, que los que juegan en Regional se conforman con tener un hilito de agua potable a menos de diez kilómetros de su cabaña.
¡Ah!, también leí el domingo en el dominical que a Morante de la Puebla (no sabía quién era, pero parece que es uno de los grandes del toreo actual, aunque un poco controvertido porque es del estilo de Curro Romero) sus detractores le critican que entre toro y toro, en el callejón, se fuma un habano de gran calibre. Pero esta es otra historia. Esta es la fiesta nacional.
PredeRelato 5. CAMINO DE SANTIAGO (julio de 2.001). Pasaje de la segunda jornada.
2ª ETAPA. FRÓMISTA – BURGO RANERO
Después de una noche de sueño no tan reparador como hubiéramos deseado (Rafa y los movimientos, enfados y ronquidos de su rellena vecina de litera, yo con mis habituales problemas de temperatura, dentro del saco mucho calor, fuera del saco, frío, y supongo que los demás con algún problema de adaptación parecido) nos levantamos, tal y como estaba previsto, a las seis y media de la mañana, ¡que ya está bien!. En cualquier caso, antes de esa temprana hora empieza la actividad en los albergues y aunque los peregrinos procuren hacer el menor ruido posible, es difícil seguir durmiendo a pierna suelta. (el ruido de plásticos doblándose predomina sobre todos los demás).
Preparamos las cosas y bajamos a desayunar al comedor del albergue, donde nos esperan un café regularcillo, unas magdalenas y un zumo de tetrabrik. Terminamos de recoger y bajamos al patio de la entrada, donde habíamos dejado las bicicletas y Rafa se encuentra un pinchazo en la suya. Se arregla el pinchazo y emprendemos nuestro segundo día de camino en esos momentos en que el nuevo día lucha por vencer a la noche que se acaba (¡toma ya!).
Un poco antes de las 8 ya estamos dando pedales por una estupenda pista ancha de tierra compactada y sin apenas cuestas que nos conduce paralela a la carretera hasta Carrión de los Condes. Por esta pista vamos adelantando a todos los pergrinos andarines que fueron más madrugadores que nosotros.
PredeRelato 4. UNA DÉCADA DE DEPORTE AMATEUR
Entré en el siglo XXI haciendo deporte, como he hecho toda mi vida desde que tengo uso de razón y hoy, 31 de diciembre de 2.010, sigo haciendo deporte.
Sigo haciendo deporte pero la verdad es que no es lo mismo. Ni mejor ni peor, pero distinto: tengo 10 años más (obvio), peso 5 ó 6 kilos más, me cuesta muchísimo más coger la forma después de una temporada sin hacer nada y muchísimo menos perderla en cuanto dejo cuatro días de moverme.
El siglo pasado, cuando competía nunca me retiraba, tardara lo que tardara y llegara lo cansado que llegara. Últimamente me he retirado, o me han retirado por llegar fuera de control, en un par de ocasiones. Como no todo van a ser inconvenientes, empecé el siglo en la categoría de veteranos 1 ó A (según el deporte que sea) y ahora estoy en categoría 2 ó B (según el deporte que sea). Como a medida que vas avanzando en el número o en la letra de las categorías va disminuyendo drásticamente el número de competidores (aunque no la calidad; los pocos que van quedando son unos fieras) he mejorado mucho mis clasificaciones, hasta el punto de quedar primero en un acuatlón en Puerta Hierro el año pasado, quedar tres veces cuarto en sendos triatlones y otras tres veces cuarto en una competición de correr y montar en bici en la que participo haciendo equipo con Pablo (el niño que tenía 14 años cuando empezó el siglo, era bastante más bajo que yo, no me ganaba a nada pero le encantaba venir conmigo y ahora tiene 23 añazos, mide una cuarta más que yo y me gana absolutamente a todo)
El siglo pasado pagaba en pesetas las inscripciones a las carreras, los remontes de las estaciones de esquí, la ropa deportiva, los planos, guías, revistas y libros especializados, la gasolina o los billetes del medio de transporte en el que viajaba y ahora los pago en euros. Mucho más caro al cambio, pero no importa: lo sigo pagando.
El siglo pasado me inscribía a las carreras en las tiendas donde disponían de los dorsales y ahora por Internet. Mucho más cómodo, pero me gustaba más antes. (De hecho, siempre que puedo sigo yendo a las tiendas).
El siglo pasado guardaba los diplomas en los que se indicaba el tiempo invertido y el puesto conseguido y ahora miro el puesto y el tiempo en los listados que los organizadores ponen en Internet. Mucho más moderno, pero yo sigo imprimiendo y guardando en un carpeta los dichosos listados y echo de menos los diplomas.
El siglo pasado íbamos Juanjo y yo a las carreras y venían a vernos mi padre, Consuelo, Marga, Pablo y las niñas y ahora vamos nosotros a ver competir a Pablo y a las niñas y cuando corremos, a nosotros sólo viene a vernos mi padre.
El siglo pasado apuntaba el deporte que hacía cada día en una agenda de soporte papel y ahora, en plena evolución de la informática, sigo apuntando el deporte que hago en una agenda soporte papel.
El siglo pasado, cuando adelantaba a Pablo o a Irene en una pista de esquí les daba con el bastón en el culo y cantaba tararirorirorirorí y ahora cuando adelanto a Laurita o Teresita en una pista de esquí les doy con el bastón en el culo y canto tararirorirorirorí.
Mi afición al deporte y mi perseverancia para practicarlo me ha seguido permitiendo este siglo recorrer espectaculares montañas en Pirineos, Alpes, Sierra Nevada, Sistema Central, Picos de Europa, Sierra de Cazorla o Atlas marroquí. Disfrutar con amigos y familia de magníficos días de esquí con sol y estupenda nieve y de magníficos días de esquí con lluvia, frío, niebla y nieve más que mejorable. Nadar en ríos, lagunas, pantanos, mares calmados y mares encabritados, piscinas de verano, piscinas de invierno o en la piscina de casa. Recorrer en bicicleta paisajes espectaculares, hacer el camino de Santiago o pasear tranquilamente por el Retiro con Consuelo y Teresa. Correr, sólo, o con Pablo, o con Juanjo, o con amigos, por parques, calles, montañas, carriles bici; con lluvia, con nieve, con frío horrible, con calor espantoso. Y terminar siempre cansado.
Y me ha permitido también seguir disfrutando de los mejores momentos que un deportista puede vivir: Quitarte las botas después de esquiar o después de una larga caminata, beber agua cuando estás muerto de sed, quitarte la ropa mojada y ponerte ropa seca después de un buen rato bajo un diluvio, llegar a la cima de una montaña o a la meta de una carrera cuando llevas mucho tiempo pensando que no vas a llegar nunca, mojarte las manos y la cara en un río o una fuente un día de mucho calor, darte un baño en el mar o en un río o en una piscina después de una buena carrera, una buena caminata o una paliza con la bici, charlar en la puerta de un refugio o de un albergue a la caída de la tarde, mientras comentas con los compañeros las incidencias del día y esperas que llegue la hora de la cena.
¡Por no hablar de cómo saben esas cervezas que se beben al acabar de correr, andar, esquiar, montar en bici, etc!.
PredeRelato 3. CAMINO DE SANTIAGO (julio de 2.001). Pasaje de la primera jornada
Por fin, salimos de Burgos a las 11 de la mañana por un bonito parque donde está el albergue de peregrinos, que tiene muy buena pinta. A la salida del parque el camino se convierte en una pista con mucha piedra oscura muy suelta que nos hace sufrir a todos (a los mas mayores por la próstata, a los jóvenes por su futuro y a alguno por su bicicleta). Pasamos por Tardajos, donde paramos a comprar unas magdalenas (el resto de los días fueron sustituidas por pincho de tortilla, ¡la experiencia es un grado!) y Rabe de la Calzada.
La sensación de libertad, nos quedan por delante siete u ocho días en los que nuestra única ocupación será hacer algo que nos gusta, es considerable y se nota en las caras y en los comentarios de los integrantes de la miniserpiente multicolor.
El camino es, en general, bueno y agradable hasta que empieza a subir y estrecharse hasta el punto de que en algún momento de la subida hay que bajarse de la bici (y en algún momento de la bajada hay uno que también tiene que bajarse). Además de las dificultades creadas por los fuertes desniveles, el camino es una zona estrecha central flanqueado por dos zanjas laterales que hace que los menos expertos tengamos que poner los cinco sentidos en lo que estamos haciendo para no ir al suelo antes de tiempo. (Realmente, es un camino “muy técnico”, tal y como apuntó sabiamente Melchor).
Nos desviamos hacia el albergue de Arroyo San Bol, situado en una magnífica pradera con árboles que la hacen muy fresca y agradable, una fuente de agua bastante fría y una acequia anunciada como piscina. El sitio ideal para dormir una siesta, tumbarse a descansar o, simplemente, sentarse a pensar o a charlar con algún compañero en voz baja, que era lo que estaban haciendo unos cuantos peregrinos hasta que llegamos nosotros (conversación más bien subida de volumen, constante movimiento de la fuente a las bicis y de las bicis a la fuente y, en general, sensación de poco recogimiento).
Continuamos el camino, igual de malo, hasta el pueblo de Hontanas. A la salida de este pueblo vemos una espléndida piscina que nos llama a voces, pero no atendemos a su llamada porque “no es serio”.
PredeRelato 2. FIN DE SEMANA EN GREDOS (21 - 23 de julio de 2.006)
Excursión de fin de semana por la sierra de Gredos, durmiendo en el refugio Elola con tres niñas de 5, 7 y 11 años respectivamente.
Llegamos al aparcamiento de la Plataforma a las 12 y media de la mañana del sábado y hay muchos coches, por lo que tenemos que aparcar bastante abajo. Preparativos habituales, botas, gorros, crema, preparación del macuto, etc. y a las 13 horas 15 minutos nos ponemos en marcha.
Mucho calor y un camino muy agradable, todo en cuesta por los barrerones hasta llegar a la fuente, donde paramos a comer un bocata y a beber su fresquísima y estupenda agua.
Seguimos la marcha, ya cuesta abajo y como vemos que vamos a llegar más tarde de las 5, Irene y Juanjo se adelantan para confirmar en el refugio nuestra llegada. Llegamos por fin todos a las 5 y media. Los últimos en llegar tardamos en total 4 horas y media cuando las guías marcan 2 horas y media. Los tres mayores nos tomamos una cerveza sentados en la pradera de la laguna mientras las tres niñas empiezan a mojarse los pies, se quitan los pantalones y terminan empapándose las bragas.
Volvemos al refugio, preparamos las literas (nos toca una litera baja de 6) y nos vamos a cenar a las 8 en punto, Magnífica cena típica de refugio de montaña (ensalada fría de garbanzos, carne asada con puré de patatas y mouse de algo), acompañado de un estupendo rioja (pasó a la historia la austeridad de los refugios y de los Lopezcela).
Después de cenar salimos un rato a tomar el aire y las niñas se quedan jugando a las cartas. A las 10 nos subimos a la cama y otra vez un poco de cachondeo hasta que nos acoplamos. Me cuesta bastante dormir y a las dos de la madrugada noto que Teresa empieza a removerse más de la cuenta y, de repente, se pone a llorar cada vez más hasta que parece una Magdalena. Yo no sé qué hacer. Le pregunto qué le pasa y mientras tanto los 36 durmientes de la sala Morezón del refugio Elola me apuntan con sus linternas y sus frontales para enterarse de qué es lo que pasa. (Nadie dijo ni pío). Por fin Teresa dice que quiere hacer pis y salimos deprisa y corriendo escaleras abajo a la calle porque no aguantamos. Nada más salir a la calle hace pis, la subo a la cama y se vuelve a dormir, Yo vuelvo a bajar para ver el espectacular cielo absolutamente lleno de estrellas y el montón de gente (toda la sala Morezón y parte de las otras) que allí había contemplando el panorama. Juanjo y Marga también bajaron. Nos volvemos a subir y ya por fin cojo el sueño.
Nos levantamos a las 8, desayunamos, nos lavamos los dientes y un poco la cara y tenemos que esperar en la calle al fresco de la mañana a que limpien el refugio para poder entrar, terminar de hacer el macuto y emprender el camino de regreso.
La vuelta la hicimos a pleno sol, las niñas aguantaron bien y sólo tuve que coger a Teresa al final de la última cuesta. Paramos en la primera fuente a beber y descansar y llegamos a la plataforma a la 1 del mediodía. En la vuelta tardamos media hora menos que en la ida, 4 horas. Cuando llegamos a los coches, vimos que allí mismo había una estupenda poza que nos llamaba a gritos y nos dimos un buen baño las tres niñas y los dos hermanos. Este baño a Juanjo le refrescó mucho tanto “física como espiritualmente” Bajamos con el coche a Hoyos del Espino, comimos unos bocatas y unas cervezas, helado y café en el bar de siempre y emprendimos el regreso a casa,
PredeRelato 1. DÍA DEL PADRE EN LA PINILLA
- ¡No te quejarás del regalo que te he hecho por el día del padre, ¿no?!, me soltó Pablo en el coche cuando volvíamos a casa después de pasar un día en la Pinilla.
- ¿Cómo dices? Le contesté, aunque por la cara y el tono sabía que no hablaba en serio y que era su forma de felicitarme por el día del padre.
- Sí, que luego te irás quejando de que no te hacemos ningún regalo. Fíjate, tu hijo con 18 añazos y en lugar de pasar el día tan tranquilo con sus amigos, aquí aguantando la vela al padre.
Bueno, en este caso estoy seguro de que lo decía en broma, pero este niño es un bon vivant.
Todo empezó un par de días antes. Entre que el fin de semana anterior habíamos ido a esquiar a Sierra Nevada Teresa, Consuelo y yo, y Pablo no había venido porque tenía que estudiar (aunque luego estudie poco), que ya cada vez viene a menos sitios con nosotros, que siempre estamos discutiendo por lo poco que estudia,( porque este año tiene que acabar como sea el bachillerato y la selectividad), y que esquiar le gusta, se me ocurrió que podía ser una buena idea irnos el y yo sólos a esquiar a la Pinilla.
Se lo comenté a mediados de semana y, aunque al principio todo eran pegas, al final me dijo que sí.
Nos levantamos pronto, cogimos las cosas y nos dirigimos a La Pinilla, donde se suponía que había algo más de nieve que en Valdesquí.
Llegamos hacia las 9 y el aparcamiento estaba prácticamente vacío. Era fin de temporada y había poca nieve. El resto del día nos confirmaría que había poca gente en toda la estación.
Tomamos un café, fuimos a alquilar sus esquís y sus botas (con lo que crece cada año no merece mucho la pena tener equipo propio) y nos dirigimos al telecabina, donde vimos que podríamos volver esquiando por la pista de retorno, porque una lengua de nieve artificial cubría el camino.
Llegamos a las pistas de arriba y Pablo empezó a quejarse de lo mal que le ajustaban las botas, de lo mal que agarraban los esquis, de lo dura que estaba la nieve, es decir, de todo.
Realmente, cuando a las 10 de la mañana empezamos a esquiar, la nieve estaba muy dura. Pero a medida que fue avanzando la mañana se fue ablandando, hasta el punto de que a las 12 ya estaba muy blanda y a la 1 de la tarde era puré.
Hicimos bastantes bajadas muy buenas por las pistas rojas de arriba. La nieve estaba bastante mal, pero teníamos toda la estación para nosotros solos (había otras tres personas esquiando) y un sol espléndido, además de las magníficas vistas de la meseta castellana que se disfrutan desde la parte alta de la Pinilla.
A las 2 y cuarto, cuando llevábamos más de 4 horas esquiando, decidimos dejarlo y nos fuimos al coche. Aunque la idea inicial era bajar a casa a comer, como teníamos bastante hambre (sobre todo Pablo, claro: ¡ Paaapa, tengo mucho hambre!) paramos en un restaurante en Cerezo de Arriba. Comimos estupendamente, sopa, filete con patatas, postre, café y nos volvimos al coche dirección Madrid.
Cuando llevábamos un rato, sostuvimos la conversación que se narra al principio del escrito. Diez minutos después, mientras yo conducía pensando que había sido un acierto ir a la Pinilla, Pablito resoplaba mientras dormía con sonrisa beatífica.